viernes, 17 de abril de 2026

 Los ayeres en hoy©

de Rafael A. Strauss K. 
Ponencia presentada en el IIº Encuentro de la Red Latinoamericana de Cronistas, en San Felipe, estado Yaracuy, Venezuela, 22-24 de septiembre de 2017, Universidad Experimental del Estado Yaracuy, UNEY

Historiando en presenteLos ayeres en hoyHistoriar todos los días, podrían ser otros títulos de esta ponencia, vinculada con la formación del cronista, y que contiene algunas de las ideas principales de la Clase Magistral que por invitación de la UNEY, dicté el 14 de diciembre de 2016 a la Cuarta Cohorte del Diplomado “Gilberto Antolínez” para la Formación de Cronistas

Varios placeres y satisfacciones de docente jubilado se me juntan ahorita a mi apoyo y admiración por este proyecto de universidación del cronista –estoy inventando la palabra, universidación–, experiencia que participé en ella desde que la conocí en 2010, y con la que he seguido vinculado gracias a la generosidad de sus organizadores.

Hace poco, en la clase que dicté en el Diplomado para cronistas, el pasado 4 de julio, algunos recordaban, con una picardía que compartimos, la respuesta que diera el historiador francés Marc Bloch cuando le preguntaron Para qué sirve la historia, y dicen que respondió: Yo no sé para qué servirá, pero a mí me entretiene. Sin duda, una anécdota nutritiva para enriquecer lo que se ha denominado la Nueva Historia, alternativa metodológica a la historiografía tradicional o académica, al convocar disciplinas como la antropología, psicología, lingüística, la arqueología como ciencia social, filosofía, literatura, las artes y, muy especialmente, la etnohistoria, en ese oficio del cronista de historiar todos los días.

Y me place recordar que algo que me enorgullece como oficiante de las humanidades es que desde hace más de treinta y cinco años he propiciado en mis clases en la Universidad Central de Venezuela, la Universidad Católica Andrés Bello, la UNEY, y en entrevistas, investigaciones, conferencias y artículos tan viejos como mi estadía en México, la idea de que el cronista no sólo dispone de una mística natural, de algo que lo compromete con lo bueno desde que se propone ser cronista, sino también que siempre es necesaria su profesionalización, más que por una titulación, por la metodología, por la buena escritura de su crónica y, algo muy importante: por su propia satisfacción y la de su entorno familiar, personal, social, geohistórico...

Porque no tengo la menor duda de que a pesar de alternativas metodológicas como las que ofrecen la Escuela de los Annales y la Etnohistoria, seguimos como empantanados en una historia que continúa denotando como sujeto de estudio al héroe y su devenir, a la historia política, la historia oficial, poniendo de lado las enormes posibilidades que ofrece la historia cuando se une a otras disciplinas.

Es por eso que hoy ratifico mi convicción de que el cronista es un oficiante de la etnohistoria, con una especial empatía con el tiempo de la cotidianidad y la cotidianidad del tiempo, del día a día propio y ajeno, del otro, de los otros, de su comunidad y de la de al lado; una empatía, por ende, con el método antropológico de la etnohistoria, idea que he querido resumir en el título de esta charla Los ayeres en hoy, que es otra manera de Historiar todos los días.

Por su especial vinculación con la historia y la etnohistoria el cronista tiene que ver con recuerdos ajenos, con recuerdos propios y con fuentes históricas tradicionales y no tradicionales, y es, por convicción, definición, aspiraciones, oficio, un humanista. Esta idea lo relaciona, entonces, con las disciplinas que tienen que ver con la condición del ser humano, su pasado, su presente, su comportamiento, su desempeño en el arte, la religión, el lenguaje, la comunicación, la sociedad, la economía; es decir, la cultura y, por ende, con la antropología, que es, por definición, la ciencia de la cultura.

Con la antropología, porque: 1) es la ciencia que estudia al Hombre; 2) porque la antropología se ocupa del estudio de los grupos humanos y de sus creaciones o cultura, tanto del pasado como del presente; 3) porque es la ciencia que trata de las afinidades y diferencias humanas (C. Kluckhohn, Mirror of man/Antropología, 1949, p. 2, Breviarios, FCE, México). (Alcina Franch, En torno a la antropología), y 4) porque es la ciencia comparativa del Hombre como ser físico y cultural (Ashely Montagu, La antropología y la naturaleza humana), cuatro definiciones que ofrecen lo que creo es un acertado perfil de lo que es la antropología, pues toman en cuenta el método comparativo y la dimensión bio-psico-social del ser humano y su dimensión cultural e histórica.

Y con la cultura, 1) porque “Cultura es la parte del ambiente hecha por el hombre” (M. Herskovits, El hombre y sus obras); 2) porque la cultura “es la suma total de las normas de conducta aprendidas e integradas, características de los miembros de una sociedad y que por tanto no son resultado de la herencia biológica.” (Hoebel, E. Adamson, El hombre en el mundo primitivo) y 3) porque la cultura incluye el “conjunto de formas y resultados de la actividad humana difundidos en el marco de alguna colectividad y que son resultado de la tradición, la imitación, el aprendizaje y la realización de modelos comunes. (Antoanina Kloskowska, Cultura, ideología y sociedad.)

Pero otras razones de tono práctico podrían enriquecer el trabajo del cronista, tal y como lo he dicho en otras ocasiones, y es mi convencimiento de que una buena manera de garantizar el éxito de su trabajo, es que sume al marco teórico de que disponga, por lo menos estos seis elementos: humildad, curiosidad, pasión, sensibilidad, respeto, objetividad.

Humildad, porque no deben ignorarse las propias limitaciones tanto en el trabajo de campo como cuando escribe, conversa, charla, difunde su trabajo... La humildad me parece importante, además, porque como investigador, el cronista siempre va a ser visto como alguien distinto, lo que le permite, entre otras cosas, ser vocero –y en muchas ocasiones lo es, de la comunidad de la que es cronista, posición desde la que debe resguardar, además, que la información que obtenga no sea distorsionada. La humildad, entonces, es garantía de confianza para el informante y para los lectores de su crónica.

Con la curiosidad me refiero a esa fuerza que nos lleva a indagar, buscar, satisfacer expectativas propias y ajenas... Cuando la activamos se activan también emociones que hacen que se busque información para comprender situaciones, confirmar datos, etc. En este sentido, la curiosidad está muy cerca de la pasión, término que entiendo aquí como una fuerte inclinación hacia algo; un apetito y afición tanto de hacer las cosas como de compartirlas, pero nunca como fanatismo u obsesión, aunque a veces la obsesión hace que uno se empecine en buscar o comprobar información, por ejemplo.

Muy vinculado a la curiosidad y a la pasión está una de las cosas más emocionantes en cualquier investigación y es lo que se denomina serendipity o serendipia, es decir, descubrir cosas que no se estaban buscando, y que pueden servir de complemento a lo que se está investigando o para otras investigaciones. Serendipia es algo así como tener suerte, de chiripa, de cachazo o por casualidad.

Otro valor que me parece esencial en el trabajo del cronista, y de cualquier investigador, es la sensibilidad, esa capacidad humana tanto para percibir como para comprender el estado de ánimo, el modo de ser y de actuar de las personas, la naturaleza de las circunstancias y los ambientes, para actuar en beneficio de los demás. La sensibilidad, sin duda, es ese valor que nos hace humanos, pero sin confundirlo con sensiblería, que es una sensibilidad falsa o forzada.

El respeto, no en su acepción de miedo, temor o recelo, sino de consideración, acatamiento, miramiento, deferencia, atención, consideración por quien me proporcionó información y otras atenciones, sin que estuviese obligado a ello; es esa consideración hacia el informante, su tiempo; hacia el funcionario que me prestó su ayuda, y respeto a mí mismo, a mi propio entorno, familiar, personal, social; respeto por el tiempo, las circunstancias y características personales de los miembros del equipo al que por cualquier razón se pertenece. El respeto, además, es eso que nos permite reconocer, aceptar, apreciar y valorar al prójimo, sus derechos y valores que es una manera de lucir con iluminación propia.

Una pauta que establece la historia oral, por ejemplo, es devolver siempre, como una forma de respeto, el trabajo final, cuando en su hechura esté implicada –y siempre lo está– información que me fue suministrada; devolución que puede ser como libro, artículo, conferencia y afines, entrevistas, cualquier forma, porque no se trata sólo de rendir cuenta ante quienes, entre otras cosas, me dieron su tiempo, sus recuerdos, sus afectos, su sensibilidad, su respeto, su pasión para que yo nutriera mi investigación, sino por un asunto de respeto hacia mí mismo y, si me están pagando para que lo haga, más obligado estoy a esa devolución (a menos que seamos como esas gentes que trituran y chupan y sólo nos devuelven el bagazo.)

Y, como último elemento, la objetividad, que no es fácil definir, aunque palabras más, palabras menos, tenemos una idea de qué es, lo mismo que de la subjetividad. En principio, objetividad es lo que pertenece al objeto mismo, independientemente de la manera de pensar o de sentir que pueda tener el cronista; en la subjetividad, por el contrario, los intereses y deseos están influenciados por las percepciones, argumentos, lenguaje y punto de vista del sujeto.

En humanidades, este binomio objetividad/subjetividad es ciertamente un asunto que para afrontarlo no hay, que yo sepa, ninguna fórmula. ¿Qué hacer entonces? No lo sé... Y es que no es fácil congelar nuestras emociones, pasiones, sensibilidad, porque creo que el resultado sería bastante parecido a un pedazo de hielo. ¿Cómo lo he enfrentado? Cuando redacté el Diccionario de Cultura Popular encontré, por ejemplo, que en la prensa y otros medios se habían ventilado casos de plagio. ¿Qué hice?; después de presentar la situación, cité las respectivas fuentes y las opiniones a favor y en contra y otras que hubiera.

Esto plantea la pregunta de qué tan objetivo puede ser un humanista; porque pareciera como si se tratara de que uno no debería ni siquiera opinar sobre el objeto que investigo. En las ciencias exactas, por el contrario, se exige esa objetividad, traducida en desarrollos matemáticos, de modo que es acertada la frase de Julio Villanueva de que la objetividad es más para un Premio Nobel de Física que para un cronista... [Julio Villanueva Chang, http://www.letraslibres.com/mexico-espana/apuntes-sobre-el-oficio-cronista]

Otro asunto al que deseo referirme es a la relevancia de lo que se investiga, pues pareciera no ser lo mismo un personaje considerado importante, que hacerlo sobre mí mismo, mi familia, otra persona, un evento, un lugar. Pero sabemos que nada ni nadie puede vetarnos sobre lo que deseamos investigar, en tanto se cumplan los parámetros básicos de la investigación, la buena escritura y aquellos cinco elementos a los que me referí antes. Probablemente, todo radique en el radio que abarque la crónica que se escribe y a qué gente pueda llegar.

Cuando escribí la historia de mi familia me encontré con este asunto de la importancia, y ¿cómo lo resolví? Había encontrado ya interesantes datos que me orientaban en la certeza de lo vetusto del apellido de mi abuelo libanés, El-Khazen, antiguo, en efecto, pero, ¿importante? La verdad es que no lo sé, porque tampoco sé qué hace que algo sea importante. El Diccionario de la Lengua Española define importancia como Cualidad de lo importante, de lo que es muy conveniente o interesante, o de mucha entidad o consecuencia, o como representación de alguien por su dignidad o cualidades, definición que me dejó en Babia. Me parece, en todo caso, que es el investigador quien establece la relevancia de su trabajo, por las bondades resultantes, las acciones del personaje, los beneficios privados o colectivos, el impacto, de modo que la solución está muy cerca de lo subjetivo, lo cual no me preocupa. Otra cosa, por supuesto, es cuando lo que escribimos conlleva otro tipo de intereses, lo que suele ser una historia que linda con la adulación.

Muy cerca de este asunto está la pregunta de si todo cuanto me cuentan, cuanto indague debe aparecer en el trabajo final, particularmente esa información que podemos llamar inconveniente. En realidad, depende, a menos que mi intención sea ponerlo todo o que tenga permiso expreso de quien me dio esa información. Parte de esto ha sido previsto por el método histórico con aquello de que la información y las fuentes deben ser sometidas a crítica externa y a crítica interna, lo cual tiene estrecha relación con la heurística o indagación, recolección, descubrimiento de fuentes históricas, que es todo aquello que proporciona información.

Toda obra humana, es decir, la cultura, es fuente, y el cronista decidirá qué tan útil le puede ser la información que contiene, como Internet, esa gran biblioteca, que a pesar de contener cualquier cantidad de información, no toda resulta útil, y será la curiosidad, la experiencia, la pasión, las ganas, la sensibilidad del investigador las que evalúen, y decidan.

Lápidas, nombres de vías de circulación, topónimos, obituarios, placas conmemorativas y de reconocimiento, informes, discursos, diarios personales, prensa, medallas, tarjetas de bautizo, de confirmación, bodas, nacimiento, aniversarios, cartas, telegramas, postales, testimonios orales, fotografías y un larguísimo etcétera son fuentes que pueblan de manera prodigiosa, prometedora y nutritiva el mundo del investigador, si son debidamente interrogadas. Lápidas, obituarios y otros anuncios pueden ser útiles, inclusive, para establecer redes de familias y otras asociaciones.

La fuente iconográfica, por su parte, suele ser muy particular, tanto por la imagen en sí, como por el mensaje que contiene y que hay que desentrañar. Un anillo de matrimonio, por ejemplo, me resultó importante para ubicar a una persona en el antes y el después de que se casa, lo que podría permitir la identificación de otros elementos; un árbol, un porrón, una cortina, un corte de cabello, un mueble, un cuadro, la dirección de una mirada, la indumentaria, cualquier adorno o su ausencia, son elementos que, interrogados digamos debidamente, suelen proporcionar importante información, porque la fotografía, además del recuerdo que contiene, es una manera de leer el momento de una persona, de un evento, de un paisaje...

Lucien Fevbre, quien funda con Marc Bloch la Escuela de los Annales, ya criticaba en 1929 esa manía de los historiadores académicos de que sus únicas fuentes son los documentos. Fevbre afirmaba: Hay que utilizar los textos, sin duda. Pero todos los textos. Y no solamente los documentos de archivo a favor de los cuales se ha creado un privilegio [...] También un poema, un cuadro, un drama son para nosotros documentos, testimonios de una historia viva y humana, saturados de pensamiento [...]

La historia no sólo se escribe con textos, sostiene Fevbre, y complementa su afirmación con la necesidad de que la historia se vincule con otras disciplinas, como decíamos, porque el documento no es la única fuente histórica: toda realización que parta de la actividad del hombre tiene carácter de fuente, puesto que la historia 'se edifica, sin exclusión, con todo lo que el ingenio de los hombres pueda inventar y combinar para suplir el silencio de los textos, los estragos del olvido'. Esto significa que las fuentes no estrictamente históricas sirven al historiador. [http://haciendohistoriaymemoria.blogspot.com/p/combates-por-la-historia-de-lucien.html] Me parece claro, entonces, que la cultura es la fuente histórica por excelencia.

Y es que cuando se historian vidas, pueblos, eventos; cuando se trata de historiar todos los días, todo lo humano es significativo. En algunas de mis investigaciones he tenido que apartar cortinas en las fotografías para mirar dentro del cuarto, aguzar la audición para escuchar de qué se habla, afinar el olfato para que los olores me invadan los recuerdos, mirar en la mirada que me observa en blanco y negro, en sepia, en color; ver detalles en la ropa, los zapatos, las manos, la expresión...

Cuando escribía la historia de mi familia, aparecieron unas fotos de contenido parecido pero sin fecha y mirando aquí y allá y comparando a personas y cosas, supe que se trataba de la celebración del segundo cumpleaños de mi hermana, en Guama. Ubiqué a cada quien y pude referirme entonces a amigos de la familia –de Guama, de San Felipe, de Barquisimeto–, que estuvieron allí, e inclusive, que los platos donde mi madre sirvió la torta la torta el quesillo y la gelatina aquel mayo de 1958, aún están vivos en la alacena de la casa de uno de mis hermanos.

Otra de las cosas a las que está obligado el cronista es a escribir bien, a cuidar que su crónica sea atractiva para todos, porque una crónica bien escrita puede ser garantía no sólo de que más personas la leerán sino que en caso de que sea traducida la traducción se facilitará. El cronista, que por lo general escribe para las gentes de su propio entorno, debe, además, procurar una escritura que sorprenda, porque, entre otras cosas, el cronista presta su mirada para que lo cotidiano siga siendo sorprendente. Y es que la misión del cronista puede ser tan compleja como agradable.

Como punto final, quiero referirme a la utilidad del cronista y la crónica, tema que parecen haber entendido muy bien en el diplomado Gilberto Antolínez. A este asunto se han dado, como debe ser, diferentes respuestas, pero no hay duda de que crónica y cronista son necesarios pues registran sucesos de todo tipo, que narran los ayeres en hoy, tradiciones, costumbres y su historia, comportamientos humanos, patrimonio cultural, características y dinámica de la cultura del ámbito en que el cronista trabaja, además de fortalecer la historia regional y de ubicar en el tiempo y en el espacio la identidad colectiva y la individual. La crónica, además, es una fuente pues facilita continuar escribiendo la historia del lugar de que se trate...

Esto, sin duda, nos afinca en la idea de que el cronista debe dejar la obsoleta idea de que su labor es sólo escribir crónicas. En el fondo, creo que la importancia del cronista es la que él mismo decida que tiene, con fuerza y méritos propios y no con luces emprestadas, como dirían en mi pueblo.

Y entonces, Para qué sirve la historia, y Marc Bloch respondió: Yo no sé para qué servirá, pero a mí me entretiene, y esta idea hay que fortalecerla. Y concluyo con una anécdota que ilustra la selección acertada de una fuente, y con un breve poema, que muestra la mística del alma de un cronista, y con lo que me parece una insuperable definición de pueblo.

Rodrigo, hijo de García Márquez y Mercedes Barcha, estudiaba en 1980 cine en Londres. Como examen de semiótica el profesor propuso que el gallo, personaje de El coronel no tiene quien le escriba, fuera partido en pedacitos y lo volvieran a armar para descubrir significaciones simbólicas en el animal. Rodrigo llamó a Gabo y le preguntó qué significaba el gallo en la novela, y Gabo le respondió: Dile a tu profesor que el gallo es el gallo. Y que no joda. Cuando presentó el trabajo, Rodrigo informó: Anoche, el autor me dijo que el gallo es el gallo. [...] Que él, respetuosamente, sugiere otros temas. El profesor se indignó y rechazó el trabajo, argumentando que era imperdonable que el alumno presumiera de haber consultado en forma personal con el Premio Nobel. Entonces, Rodrigo [...] tuvo que decir: ¿Y por qué no puedo hablar con mi papá? Fue así que sus compañeros y las autoridades de la Universidad, supieron que ese Rodrigo García era hijo del mismísimo Gabriel García Márquez y que nunca había hecho alarde de su condición. Eso es fineza, humildad, acierto. (Ramiro Díaz – http://www.telegrafo.com.ec/cultura1/item1/el-hijo-de-gabo-de-quien-era-hijo.htmlhtml)

Y en cuanto a la mística, tomo de María Inmaculada Barrios estos versos: Amor, estamos llenos / de oficios de herencia, / de oficios muy viejos. / Aprendimos del río / a dormir en los pozos. / Aprendimos del viento / a barrer la hojarasca, / a rasar lo sobrante. / Aprendimos del viejo  / a amansar la tristeza, / a cantarle canciones, / a prenderle velones, / a arrullarla en los brazos, / a dormirla despacio, / con humito y canela. [Cantos para que no te mueras, Derrelieve, Caracas, 1984, Epílogo de Ludovico Silva, p. 35.]

Y de Cesare Pavese, su concepción de pueblo, de país: En uno de sus libros, La luna y las fogatas, el protagonista regresa a los viñedos de su pueblo natal después de haber recorrido el mundo y haber hecho fortuna. “Uno se cansa -dice- y trata de echar raíces, unirse a la tierra y a la región, para que la propia carne valga algo y perdure un poco más que un simple cambio de estación”. Detrás del retorno y la reinserción en una sociedad, el personaje busca comprender por qué un pueblo es un pueblo, y piensa que "Un pueblo quiere decir no estar solos, saber que en la gente, en las plantas, en la tierra hay algo tuyo, que aun cuando no estés te sigue esperando.” [https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-11218-2008-09-09.html]