viernes, 16 de diciembre de 2022

Caliebirri-nae. Rafael A. Strauss K.

Caliebirri-nae. Rafael A. Strauss K. “Caliebirri-nae o la cultura Guajiba en blanco y sepia. El Árbol de todas las Frutas para deleite de todos los niños”. Suplemento Cultura, [p. 16], Últimas Noticias, Caracas, 9.6.1985, Nº 894. 

Caliebirri-nae es una muestra representativa de la extraordinaria producción histórica, mitológica y literaria indígenas pasada y presente de Venezuela. La historia contenida en este mito cuenta cómo unos animales organizados en sociedad van buscando las mejores formas de subsistencia hasta que descubren la agricultura. Cuchicuchi, uno de los personajes centrales del relato, descubre el Caliebirri-nae o Árbol de todas las frutas. Su actitud sospechosa e individualista al no querer comunicar su descubrimiento alertan al grupo de animales. Deciden vigilarlo. Cuchicuchi se aferra a su silencio, pero la insistencia del grupo y su concepción comunitaria de la vida social penalizan a Cuchicuchi. Al fin descubren el árbol, cuyos frutos proporcionarán la agricultura, fortaleciéndose así los vínculos colectivos, la fundación de pueblos y el crecimiento y extensión del grupo. Tanto la búsqueda como el hallazgo y su aplicación tienen un sentido totalmente comunitario, lo que es contenido esencial de las culturas indígenas venezolanas y de América. 

Caliebirri-nae va ya por su tercera edición bilingüe y la enorme acogida que ha tenido en Venezuela, en México, Argentina y, recientemente, en Bologna (Italia), dicen bastante de este trabajo de la Editorial Tinta, Papel y Vida. Caliebirri-nae está dirigido principalmente a los niños y forma parte de un proyecto de publicaciones que han llegado a dicha editorial como piezas histórico-literarias recatadas por los propios indígenas, depositarios naturales, y conscientes del valor de su tradición oral, que ahora se escribe. 

Uno de los aspectos que propician la trascendencia de ediciones como ésta es la afortunada combinación de varios elementos. La frescura del tema es uno de los más importantes. Caliebirri-nae es una edición para todo tipo de público porque ha sido esa la dirección que se propuso la editorial. 

Punto importante, también, es haber concebido una edición bilingüe, con la que se logra, entre otras cosas, dar a conocer otro aspecto vivo de las culturas indígenas del país, además de la confrontación que el especialista lingüista puede hacer dados el relato original y su respectiva traducción, que en el caso de esta edición parece haber sido libre. 
 
Caliebirri-nae nos inyecta frescura, sobre todo a los niños, cansados ya de tanta superchería televisiva, de tanto contenido programático inútil y tedioso, por decir lo menos, y a los adultos, no menos necesitados de refrescantes placeres, la posibilidad sencilla de acercarse sin trabas a un grupo humano, que como tantos otros en el país, están esperando -porque hemos hecho que esperen- a que se les oiga en sus leyendas, en sus mitos, en su historia (no en la cansona de los héroes magníficos pero intelectualizados); a que se les oiga en todas esas formas de registro de su paso y permanencia creadora en la tierra, pero tradicionalmente ignorados por la puesta en práctica de mecanismos excluyentes creados por y desde algunas de las llamadas ciencias del hombre. 

Cierta antropología cultural tradicional endilgó a innúmeros pueblos el calificativo de ágrafos (sin escritura) propiciando un tratamiento metodológico que no ha dejado de oler a discriminatorio; y la insistencia de una historiografía positivista en deslindar con la presencia o con la ausencia de la escritura la ubicación de pueblos en una concepción unilineal de la evolución de las sociedades no ha sido menos limitantes y peligrosa. 

Ambas disciplinas, empero, generaron dentro de sus propias contradicciones, otras vías para asumir al ser humano en toda su dimensión social. Con la fundación de la Revieu de Synthese Historique (1900) y la de los Annales de histoire économique et sociales (1929) se va a delinear una crítica al pensamiento positivista en historia. Lucien Febvre escribirá: La historia se hace, sin duda, con documentos escritos. Cuando los hay. Pero también se puede hacer, debe hacerse, sin documentos escritos, si no existen. Con todo aquello que el ingenio del historiador pueda usar para hacer su miel, faltándole las flores habituales. Con palabras, por tanto. Con signos. Con paisajes y tejas. Con las formas de los campos y con las malas hierbas. Con eclipses de luna y arneses. Con exámenes periciales de piedras realizados por geólogos y análisis de espadas de metal realizados por químicos. En una palabra: con todo aquello que, siendo del hombre, depende del hombre, sirve al hombre, expresa al hombre, significa la presencia, la actividad, los gustos y las formas de ser hombre”. [J. Fontana Lazaro, “Ascenso y decadencia de la escuela de los Annales”, en Hacia una nueva historia, Akal Editores, España, 1976, pp. 109-127.] 

La disciplina antropológica, por su parte, sentó bases objetivas que permitieron la revisión de una postura no menos positivista que la de la historia. En su seno surgirá la preocupación por lo histórico, fortaleciendo así su propio método de investigación. La Etnohistoria será la sub-disciplina de la antropología cultural que asumirá con propiedad lo que otras ciencias del hombre, principalmente la historia, habían olvidado. La Etnohistoria surge de la antropología cultural, necesitada de salir de los estudios sincrónicos, precisada de buscar la dimensión temporal y necesitada, además, de comprender los procesos de cambio; y surge de una historia factual pasándose a la historia causal. Esta situación, dicha aquí de manera general, corresponde a la última etapa de un proceso que significó, en la práctica, la obtención de una metodología que permitiría, y permite, básicamente, tres áreas de interés: el estudio de sociedades completamente analfabetas en las que predomina la tradición oral; el de sociedades en las que la tradición oral ha evolucionado hasta el punto de una conciencia de verdaderas crónicas orales y tres, el estudio de sociedades que poseen registros hechos por personas ajenas a ellas, con toda su carga de intereses específicos, como los producidos, por ejemplo, por situaciones de coloniaje. [Carlos Martínez Marín, “La Etnohistoria: un intento de definición”, en Apuntes de Etnohistoria, Escuela Nacional de Antropología e Historia, Centro de Estudiantes, México 1976, Nº 1.] 

A esta toma de conciencia se sumaría la circunstancia objetiva del nacionalismo, del indigenismo y de la necesidad de consolidar el presente en la historia de un pasado propio. Sobre todo, en países con evidente herencia indígena. En los descolonizados y en los aún colonizados -verdaderamente o no- que acuden cada vez más a la Etnohistoria como manera posible de recuperar su pasado creador, generalmente tergiversado, suprimido, ignorado, sustituido… 

Es en estas consideraciones donde hemos ubicado nuestro trabajo de rescate con algunos grupos musicales del país, guiados por la idea de lo importante y necesario que es identificarnos como pueblo. Es por ello que ediciones como esta del Caliebirri-nae -hermosa pieza de la historia Guajiba- resultan de especial importancia. Su contenido es parte significativa de la historia de esa comunidad: historia oralmente transmitida, celosamente guardada y ahora publicada e insertada como elemento motivador en nuestro acontecer como comunidad que ha creado expresiones como éstas y otras muchas. Un factor esencial en el proceso editorial es la presencia directa y permanente, no del ‘especialista’ sino de depositarios directos de la tradición oral guajiba como lo es, entre otros, Luis Blanco; no menos significativa es la de Alfredo Almeida cuyos sentimientos indígenas produjeron esas maravillosas ilustraciones que acompañan al texto. 

No quisiéramos terminar esta breve reseña sin felicitar a la Editorial Tinta, Papel y Vida por la labor que ha emprendido al dar a conocer en amplios sectores de la población venezolana y del mundo piezas como este Caliebirri-nae que, como en el mito, dará sus frutos.

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